Las Sagradas Escrituras no dan ninguna indicación sobre el momento preciso de la creación de los ángeles, pero su existencia es mencionada desde épocas muy lejanas. Jesús habló a menudo de los ángeles y en el Nuevo Testamento son numerosas las veces que se habla de las siete órdenes: los Ángeles, Virtudes, Poderes, Principados, Dominaciones, Tronos y Arcángeles, mientras que el Antiguo Testamento menciona otros dos específicamente, los Serafines y los Querubines.
Dios otorgó a los ángeles gran sabiduría, libertad e inteligencia, y sus apariciones son mencionadas en el Nuevo Testamento, aunque también se refiere a los ángeles caídos. La tentación de Adán y Eva presupone la existencia de espíritus malos o demonios que fueron lanzados al infierno sin esperanza de redención, pero que pueden hacer pecar a los hombres.
Otras referencias claras nos dicen que los ángeles son completamente espirituales o personas sin cuerpo (Mt 11, 30), forman parte de la corte celestial y su nombre quiere decir «mensajero» porque, según la Biblia, ellos llevan a cabo misiones ordenadas por Dios. Para completar estas misiones pueden en determinados momentos asumir forma corporal, siendo muchas de estas misiones de gran importancia, como la Anunciación (Le 1, 26; 2, 9-14).
Como los hombres, los ángeles son producto de la creación pero, al contrario que nosotros, son criaturas no-corporales, y por dedicarse a Dios no necesitaron tiempo y reflexión para crecer y madurar. En cuanto fueron creados recibieron la inspiración, y por ello pronto tuvieron la oportunidad de responder a su misión, salvo unos pocos.
Quizá la actividad más continuada y significativa de los ángeles buenos es la de ser los agentes guardianes de la obra más importante de Dios, la Humanidad. Por ese motivo, suele estar muy arraigada la creencia en un ángel guardián.


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