El castigo que merecieron por su pecado es doble: la obstinación de la voluntad en el mal y el fuego eterno o infierno. Jesús deja bien implícito el destino de los demonios cuando dice: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno reservado para el diablo y sus ángeles».

Esta es una parte de su pena, aunque en otro aspecto sufren por haber perdido a Dios y tienen el remordimiento de no haber alcanzado su felicidad eterna. Pero también hay que considerar que a pesar del gran daño que se ocasionaron a sí mismos los demonios, y aun estando despojados de la gracia divina, conservan todo el poder que les corresponde por su naturaleza en cuanto a inteligencia y voluntad.

Obviamente están sujetos al querer y al poder de Dios, pero por esa fuerza natural que conservan como seres espirituales, dada su malicia, siguen siendo criaturas peligrosas y muy de temer porque se ocupan de hacer y desear toda clase de males.




<<< Volver al índice de Ángeles