Fue grande el atrevimiento de Satanás y grande también su desgracia. No quiso someterse a Dios y se decía a sí mismo: «Seré semejante al Altísimo». Estas palabras se parecen mucho a aquellas otras que pronunció en el Paraíso cuando, mintiendo, engañaba a la primera mujer: «Seréis como dioses» (Gen 3, 5).
Cayó él y muchos otros ángeles le acompañaron en su rebelión. No quería deber nada a nadie, y en su afán de independencia, deseando alcanzar la felicidad eterna con sus solas fuerzas, rechazó el auxilio divino. Sus pecados de soberbia y envidia quedan reflejados en este texto sagrado: «¿Cómo caíste del cielo, ¡oh!, lucero brillante, hijo de la aurora? ¿Fuiste precipitado por la tierra, tú, que has sido el dominador de las naciones? Tú que decías en tu corazón: "Escalaré el Cielo; sobre las estrellas de Dios levantaré mi trono y me asentaré en el monte santo, en lo más recóndito del norte. Subiré sobre las cumbres de las nubes, y me asemejaré al Altísimo". Pues bien, ahora has sido lanzado a las profundidades del abismo» (Is 14, 12-15). San Atana-sio nos advierte de que la soberbia perdió al Demonio cuando dice: «Un gran remedio para la salud es la humildad, ya que Satanás fue arrojado del cielo no por libertinaje o adulterio o robo, sino que fue la soberbia lo que le precipitó a las partes inferiores del abismo». San Agustín, respecto a la salvación o pérdida de los ángeles, y su persistencia en el bien o el mal, dice que «los unos permanecen inquebrantablemente fieles en el bien común a todos, que es Dios mismo, y en su eternidad, bondad y amor. Los otros, al contrario, orgullosos de su poder, como si fueran por sí mismos el propio bien, se han apartado del bien supremo común y beatificante, y se han vuelto hacia sí mismos; impertinente soberbia por sublime eternidad, su artificioso engaño por la verdad, y sus deseos particulares por amor puro».
Aquella rebelión de los ángeles contra Dios fue como un complot, algo que no podemos imaginar, pero que el apóstol san Juan nos describe en el Apocalipsis, hablando de «un gran dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas; arrastró con su cola a la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó a la tierra. Hubo luego una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón. También el dragón y sus ángeles combatieron, pero no vencieron, y no quedó ya lugar para ellos en el cielo. Y fue arrojado aquel gran dragón, la antigua serpiente que se llama Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero; lanzado fue a la tierra, y sus ángeles con él» (Ap 72, 3-4, 7-9).


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